Iniciativa Climática de México

2030: Los bosques de nadie

Por José Morales  Recuerdo la primera ocasión que escuché el concepto de «tragedia de los comunes» dentro de la obra de Elinor Ostrom. Al igual que a varias personas en aquel caluroso salón a las afueras de Mérida, me pareció de lo más adecuado para describir lo que sucede a lo de uso «común». El consenso, al menos entre economistas, es que aquellos recursos de uso colectivo inevitablemente terminarán en sobreexplotación, hasta consumirse por completo. Rememoro este concepto al leer la meta nacional de Deforestación Neta Cero y a ocho años del 2030 —año parteaguas para las metas de cambio climático—. ¿De quién depende y a quién le corresponde la conservación de los bosques?, ¿qué se necesita para llegar ahí? Este texto dista de responder las preguntas, pero sí pretende no retirar el dedo del renglón y hacer un breve «corte de caja» en el cumplimiento de esta meta. Desde la firma del Acuerdo de París, México publicó sus compromisos de adaptación y mitigación al cambio climático, entre estos, se redactó la meta de Deforestación Neta Cero, que es el resultado entre pérdidas y ganancias de tierras forestales. No implica detener la deforestación, sino que ésta no sea mayor que las hectáreas que se restablecen de manera natural —ganancia— o los permisos otorgados de cambio de uso de suelo —alrededor de 12 mil hectáreas por año—. La plataforma en línea Global Forest Watch publicó el reporte de pérdida de cobertura arbórea a nivel global en el 2020, donde México ocupó el lugar número 10, con 237.4 mil hectáreas. Esta pérdida representa emisiones equivalentes a las de 10.7 millones de vehículos, algo así como el parque vehicular de Ciudad de México, Jalisco y Oaxaca juntos. Para llegar a la meta de Deforestación Neta Cero, en el 2030, México tendría que comprometerse a reducir la deforestación bruta anual de 15.5 mil hectáreas a partir del 2021, una superficie similar a 21,708 veces la cancha del estadio Azteca. ¿Quiénes son responsables de lograrlo? La constitución no deja margen a dudas: la Nación. Aunque se ha transmitido el dominio de las tierras a particulares o sociedades, el aprovechamiento de los recursos naturales es a través de concesiones otorgadas por la Federación con objeto de hacer una distribución equitativa, cuidar de su conservación, lograr el desarrollo equilibrado del país y el mejoramiento de las condiciones de vida. Sin embargo, el presupuesto del sector ambiental y en particular la institución obligada a desarrollar, favorecer e impulsar las actividades productivas, de conservación y restauración en materia forestal —léase Comisión Nacional Forestal— ha disminuido su presupuesto en 30% desde el 2018. Esto se traduce en menores capacidades del Estado para promover acciones encaminadas al desarrollo rural sustentable, la conservación de ecosistemas o la  protección y vigilancia de los recursos naturales. Esta administración le está apostando más —literalmente 9.5 veces más presupuesto— a los programas sociales en las zonas rurales de México, en un intento de impulsar la agricultura campesina —en aras de modelos menos intensivos—, que a fortalecer las instituciones en materia forestal.  Las zonas con mayor cobertura forestal en el país se encuentran en aquellas con altos índices de pobreza y marginación, mayormente en propiedades de uso común. ¿Por qué esto me recuerda a la «tragedia de los comunes»? Porque Elinor Ostrom establece que no existe nadie mejor para gestionar sosteniblemente un recurso que las partes involucradas, sean éstas de carácter social o privado. No obstante, para que esto ocurra hay condiciones: a) disponer de los medios e incentivos para hacerlo, b) mecanismos de comunicación efectivos, y) reparto equitativo de los costos y beneficios. Estas condiciones dependen de instituciones ambientales y forestales sólidas, capaces de mediar y encontrar soluciones ante la disyuntiva entre la conservación y el desarrollo. Ante el actual panorama, me pregunto ¿lograremos la deforestación neta cero para el 2030?

Nuestro planeta, nuestra salud

A todos nos preocupa nuestra salud y la de nuestros seres queridos. Si algo ha dejado claro la pandemia de COVID-19 es que nuestra salud está conectada a la de otros; vivimos en comunidades donde interactuamos con otros humanos y con poblaciones de animales, sean estos domésticos o silvestres. Para cuidar de nuestra salud es importante la salud de nuestra comunidad, que incluye la salud de las personas con las que convivimos y la salud de las poblaciones de animales, los bosques, las selvas y otros ecosistemas. A esta concepción integral de la salud se le conoce como el enfoque de “una salud”. Éste no es un concepto nuevo, pero cada vez es más prioritario impulsar soluciones integrales, sobre todo desde las organizaciones y responsables de las políticas de salud (como la Organización Mundial de la Salud). El concepto de “una salud” ofrece una visión holística, ya que concibe a la salud como un tema un tema que involucra no solo a médicos y profesionales de la salud, sino también a veterinarios, comunicadores, ingenieros en alimentos, productores de ganado, ambientalistas y muchas otras profesiones. Es un tema de todos los habitantes de este planeta. Sí, en las organizaciones ambientalistas también trabajamos con el fin de mejorar la salud humana. Los temas más conocidos en que los ambientalistas han trabajado relacionados con la salud tienen que ver con la calidad del aire o del agua y la reducción de la contaminación y sus impactos. También hay quienes trabajan en temas de salud relacionados a productos que comemos o utilizamos, como pesticidas o productos de limpieza. Pero ¿de qué manera se conecta el trabajo de conservación de la vida silvestre y de ecosistemas como bosques y selvas con la salud humana? Existen enfermedades que se pueden transmitir entre animales y humanos. Por ejemplo, llevamos más de un siglo tratando el problema de la rabia. En años más recientes hemos tenido varios casos de influenza aviar que ha pasado de aves a humanos, la influenza porcina H1N1 pudo haber causado la muerte de hasta 575,400 personas mundialmente en 2009 (según el CDC) y posiblemente el COVID-19 fue transmitido por algún animal de vida silvestre a una población humana. Para reducir las probabilidades de que enfermedades de la vida silvestre se transmitan a animales domésticos o poblaciones humanas es importante mantener distancia entre los animales silvestres y aquellos que utilizamos para nuestro consumo, así como de las poblaciones humanas. La primera línea de defensa ante enfermedades emergentes con origen en la vida silvestre es la conservación de los ecosistemas y su biodiversidad. Los esfuerzos para regular y restringir el comercio de animales silvestres como mascotas para consumo y otros usos, reduce los riesgos a nuestra salud. Las áreas naturales protegidas y otras áreas bien conservadas donde conviven muchas especies también nos protegen. Otra forma en que proteger los ecosistemas naturales contribuye a la salud es el papel que tienen para frenar el cambio climático. Conservar y recuperar nuestros ecosistemas es indispensable y una de las mejores medidas para reducir la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera y evitar el sobrecalentamiento del planeta. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático[1] ha reportado que los cambios en los patrones en el clima y otros aspectos del cambio climático impactan la salud de las poblaciones humanas. Entre las condiciones que generan o agravan problemas de salud relacionados al cambio climático están la falta de agua potable, las condiciones insalubres después de inundaciones, el aumento de enfermedades gastrointestinales durante las olas de calor y los problemas respiratorios asociados al humo de los incendios forestales. De forma indirecta, la pérdida de cultivos y ganado por sequías prolongadas y olas de calor puede impactar la nutrición de las poblaciones e incluso fomentar la migración para encontrar mejores medios de vida. Finalmente, otro impacto indirecto viene por los cambios en la distribución de vectores como mosquitos o garrapatas que transmiten enfermedades (por ejemplo, la expansión geográfica de la malaria, la chikungunya o el zika). Para muchos la naturaleza y la vida silvestre parecen algo lejano. Quienes vivimos en grandes ciudades rara vez vemos cómo se degradan día con día los ecosistemas. Puede no ser fácil ver cómo nos afecta directamente y hace falta una visión a largo plazo. Cuando nos falta el agua nos preocupamos por ahorrarla o reportar fugas, pero la solución de fondo está en cuidar y recuperar los ecosistemas -bosques, selvas, manglares, matorrales, praderas naturales- donde se capta el agua de la que dependemos para nuestro consumo y para la producción de nuestros alimentos. Si somos indiferentes a las decisiones sobre cuidar la naturaleza, si no apoyamos iniciativas y políticas para conservar y restaurar bosques, selvas, pastizales, arrecifes, manglares y otros ecosistemas, entonces contribuimos a que nuestro ambiente y nuestra salud sigan deteriorándose con un alto costo para todos y todas, particularmente para las generaciones jóvenes y futuras. Máxima autoridad científica internacional en materia de cambio climático ↑

La Emergencia Climática

¿Por qué resulta importante hablar de la COP 26? Porque la emergencia climática que estamos viviendo es sin duda el problema más importante de nuestra generación y uno que comprometerá las posibilidades de un desarrollo con bienestar para las generaciones futuras. El problema del cambio climático NO es sólo un problema ambiental. El cambio climático es el principal obstáculo en nuestro camino de desarrollo social y económico. México debe frenar de inmediato sus emisiones de gases de efecto invernadero. Hoy finalmente se entiende en el mundo que todos los planes de desarrollo e inver- sión que se formulen deben ser totalmente compatibles y congruentes con el cumpli- miento de los objetivos del Acuerdo de París. Al igual que los demás países emer- gentes y desarrollados. México debe frenar de inmediato sus emisiones de gases de efecto inverna- dero, alcanzar un pico de emisiones en esta década e iniciar una descarbonización acelerada en todos los sectores relevantes como el transporte y la generación de electricidad, así como detener por completo la deforestación. Hoy no lo está haciendo. Por su importancia, el combate al cam- bio climático es una prioridad directa- mente atendida por los jefes de Estado de las principales economías del mundo. En México, la Presidencia de la República debe entender que es su tarea coordinar un esfuerzo transversal y multisectorial sin precedente para contribuir a la solución de este problema global: con la parte que nos toca, que podemos y que nos conviene para generar nuevos empleos y prosperidad. Conoce la serie de documentos que Iniciativa Climática de México ha creado acerca de la COP26, aquí

Bosques mexicanos, entrando en contexto

Lilián Sánchez Flores “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo todavía hoy plantaría un árbol.” -Martin Luther King ¿Te gusta visitar el bosque, observar su flora y fauna, pasear bajo la sombra de sus árboles? México es privilegiado pues una tercera parte de su territorio está cubierta por bosques y selvas.[1] Estos ecosistemas brindan invaluables beneficios y funciones, como la prevención de inundaciones, la generación de oxígeno o la captura de agua y carbono. Protegerlos y preservarlos implica hacer frente a la deforestación, que puede definirse como “la pérdida de la vegetación forestal por causas inducidas o naturales”.[2] En México, las prácticas de deforestación inducida iniciaron en el periodo prehispánico. Posteriormente, durante el Virreinato, el desarrollo de la minería, la agricultura y la ganadería propició la tala de importantes extensiones de bosque. Más tarde, el Porfiriato aceleró la deforestación debido a la gran expansión de plantaciones (ej. henequén, caña de azúcar, café), la creación de sistemas ferrocarrileros y el crecimiento de centros urbanos. El siglo XX trajo consigo políticas para la conservación de bosques: se designaron Áreas Naturales Protegidas, Reservas Nacionales Forestales y se impulsaron programas de restauración y manejo forestal. Pero estos esfuerzos fueron insuficientes para contrarrestar los sistemas productivistas enfocados en la explotación del bosque y el uso del suelo para actividades de mayor valor económico. Actualmente, la tasa de deforestación bruta en México ronda las 212 mil hectáreas anuales, lo equivalente a 2.5 veces el área de la ciudad de Nueva York. Esto impacta de diferentes maneras, vivamos o no cerca de un bosque. Al talar extensiones de bosque se pierden sus capacidades para absorber carbono y regular el clima, lo que nos vuelve más vulnerables al cambio climático. La deforestación también impacta la disponibilidad y calidad del agua, porque los bosques filtran la lluvia y permiten que ésta llegue más limpia a los mantos acuíferos que nos proveen agua potable. Sin bosques también aumentan las inundaciones, porque estos actúan como barreras naturales al paso de grandes cantidades de agua. Por ejemplo, las graves inundaciones de Tabasco en 2020 ocurrieron, en parte, por la deforestación de la cuenca del Grijalva-Usumacinta. La Comisión Nacional Forestal identifica las siguientes amenazas que requieren soluciones para prevenir, regular y frenar la deforestación: Incremento de la frontera agrícola y ganadera Tala ilegal e incendios forestales Plagas y enfermedades de los árboles Expansión de áreas urbanas e industriales La existencia de estas amenazas confirma una necesidad: es indispensable un cuidado activo de los bosques. En México el 60% de los bosques y selvas pertenecen a campesinos o personas indígenas bajo las figuras legales del ejido y la comunidad.[3] Son estas personas quienes se encuentran en contacto directo con los bosques, por tanto, conocer sus necesidades es prioritario para que los esfuerzos de protección y manejo forestal sean realmente efectivos. La mayoría de estas personas requieren un ingreso digno para cubrir sus necesidades básicas (alimento, ropa, acceso a servicios) y dignificar el trabajo que realizan, es decir, cuidar los bosques requiere de financiamiento, dinero. Tradicionalmente autoridades gubernamentales como la CONAFOR o la SEMARNAT han ejercido el rol de administradoras de programas forestales. Sin embargo, el presupuesto disponible para implementarlos ha disminuido (entre 2015 y 2021 el presupuesto designado a instituciones ambientales federales se redujo aproximadamente un 65%) y depende de la visión o prioridades que asigna el gobierno en turno. Pero ¿debería la protección forestal depender únicamente del presupuesto gubernamental? ¿Qué pasa si un gobierno decide que no es prioritario proteger los bosques? En un siguiente blog exploraré el programa de Pago por Servicios Ambientales para la protección forestal y una alternativa para la obtención de financiamiento. A México aún le queda un arsenal importante de bosques por conservar y proteger. Al cuidarlos también cuidamos nuestra salud y aumenta nuestra resiliencia al cambio climático. Por ello es indispensable implementar más y mejores soluciones que pongan fin a la deforestación. Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, Estudio de tendencias y perspectivas del sector forestal en América Latina al año 2020: Informe Nacional México, disponible en: http://www.fao.org/3/j2215s/j2215s00.htm#TopOfPage ↑ Definición establecida por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) ↑ Lucía Madrid, et. al. “La propiedad social forestal en México”, en Investigación Ambiental, Vol. 1, Núm. 2, pp. 179-196. ↑