Iniciativa Climática de México


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Lo que tenemos que aprender de las juventudes frente a la emergencia climática

Lo que tenemos que aprender de las juventudes frente a la emergencia climática Jorge Villarreal, director de política climática en ICM.  Como adultes y como activistas por el clima nos hace falta humildad para entender y aplaudir el empoderamiento de las juventudes. No hemos reconocido lo decisivo que este movimiento emergente es para el planeta, y que opera a través de sus propios saberes, lenguajes diversos, afectos, formas de organización y prácticas políticas propias. Erróneamente hemos querido que se comporten como nosotras y nosotros, activistas adultes que llevamos ya varios años por acá, pero cuyo esfuerzo ha sido claramente insuficiente para cambiar el sistema, para atender la emergencia climática.   Por ello, en el día de las juventudes no puedo dejar de pensar en el año 2021. Recuerdo perfecto los nutridos caudales de juventudes llenando las calles frías, mojadas y ventosas de la Cumbre del Clima de Naciones Unidas en Glasgow, Escocia (COP 26). Estaban por doquier, en las salas y pasillos de las negociaciones del clima, en las vallas demandando acción urgente y enalteciendo la protesta por la justicia climática; también en las bancas y banquetas riendo, deliberando, llorando, discutiendo o celebrando.  Su presencia era tan abrumadora y la voz tan fuerte, que convirtieron una convención climática más, en la plataforma de un poderoso movimiento político. La marcha por el clima en Glasgow fue poderosa por su muy nutrida participación (150.000 personas, la más grande hasta la fecha) y porque era claramente incómoda: “¡¿Cómo se atreven? Con nuestro futuro NO!”, gritaban una y otra vez, en colectivo y en lo individual, para cuestionar que la acción de la COP26 estaba muy lejos de ser suficiente, adecuada, certera.  Tenían razón. Cuatro años después, alcanzamos ya niveles de emisiones contaminantes que generan un incremento de la temperatura promedio de la tierra de más de 1.5°C (sobre los niveles preindustriales, cuando empezamos a quemar una gran cantidad de combustibles fósiles). Los impactos de este calentamiento los vivimos a diario: cada año rompemos niveles récord de altas y prolongadas ondas de calor, tenemos mayores y más prolongadas sequias, huracanes atípicos y muy devastadores. Todos ellos con consecuencias sociales y económicas graves, que solo profundizan las inequidades existentes. El futuro sin una acción climática casi radical, pinta peor.  Al organizar la Cumbre de la Juventud en Glasgow y movilizar a tantas personas, las juventudes hicieron su tarea y entendieron con claridad que debían verse y organizarse como un movimiento político, que se gobierna desde las bases, y no como un “grupo de interés” que solo dialoga con las élites en uno o dos momentos al año.  Comprendieron perfecto lo que nuestra admirada Mary Robinson, expresidenta de Irlanda y Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, llevaba años comunicando: que la crisis climática no es una crisis técnica, es una crisis de voluntad política. Por eso la demanda tan clara de las juventudes: “¡¿Cómo se atreven? Con nuestro futuro NO!”. Este grito fue tan políticamente poderoso que tuvo eco en muchos rincones del planeta. Ese año lograron cosechar lo que habían sembrado desde unos tres o cuatro años antes: ser una fuerza organizativa, un sujeto político buscando un cambio en un mundo en crisis por el clima, pero también en crisis por las profundas inequidades sociales, generacionales, de género, económicas, de poder.  Las juventudes también entendieron que el movimiento frente a la crisis climática era una lucha contra la exclusión generacional. La demanda “¡con nuestro futuro NO!” en el fondo es una demanda por el derecho a luchar y decidir por un futuro que es suyo y de las generaciones que vienen, un derecho a imaginar un futuro distinto. No les estamos ayudando lo suficiente. Y cuando hablan y demandan el futuro lo hacen desde la necesidad del presente. Es decir, no están “aventando” las decisiones a años posteriores, sino demandan claras y contundentes hoy.    En el día de las juventudes, recuerdo con mucha emoción la movilización de aquel otoño en Glasgow, pero también repaso y agradezco las conversaciones y aprendizajes que las juventudes nos obsequian en México: la banda en ICM y en las organizaciones aliadas, en las aulas, los hackatones, la calle, la colonia, la comunidad, el barrio. Como activistas por el clima debemos de aprender de ellas, ellos, elles: necesitamos movilizarnos, organizarnos, salir a la protesta, tomar las redes sociales y darles contenido. Pelear desde los territorios para hacer frente a la crisis climática, atender las causas y las consecuencias, demandar justicia climática y transiciones energéticas justas.  En Glasgow las juventudes lo dijeron en voz muy alta: con el futuro no, la acción es hoy. Reconocemos que el entorno para el activismo es agreste, difícil y en muchas zonas del país, peligroso. Pero también aplaudimos la creatividad, fortaleza, energía y la esperanza de las juventudes. La crisis climática necesita de este poderoso movimiento para la acción hoy. Caminemos juntos, juntas, juntes. Les acompañamos, les escuchamos, les leemos.  Columna publicada en la revista Proceso: https://www.proceso.com.mx/opinion/2025/8/15/lo-que-tenemos-que-aprender-de-las-juventudes-frente-la-emergencia-climatica-357316.html   Facebook Twitter LinkedIn Noticias recientes Esperanza y colaboración para la acción climática Leer más La sociedad civil: columna vertebral del multilateralismo transformador Leer más

Esperanza y colaboración para la acción climática

Esperanza y colaboración para la acción climática Mary Flores, investigadora asociada, Iniciativa Climática de México (ICM) Emilia Amezcua, internacionalista colaboradora, Iniciativa Climática de México (ICM)   ICM se unió a la Arquidiócesis Primada de México e IMDOSOC para impulsar una cultura climática entre jóvenes inspirada en Laudato Sí. Si viajamos en el tiempo hacia el año 2015, presenciaríamos acontecimientos que marcaron una convergencia histórica de la acción global por el cuidado del planeta. En junio, en Roma, la publicación de la Encíclica Laudato si’ del Papa Francisco y en noviembre, en París, la negociación del Acuerdo de París.  Estos esfuerzos, desde su creación, han reunido a distintos actores en diversas partes del mundo, dirigidos a un mismo destino: lograr un equilibrio entre la salud de la naturaleza y el desarrollo económico y tecnológico.  Integrantes de la Asamblea General de Naciones Unidas externaron su reconocimiento a la respuesta integral que dio el papa Francisco a la compleja crisis social y ecológica en la encíclica. Texto respaldado por el diálogo entre el Sumo pontífice y un grupo de científicos, con el acompañamiento de la Pontificia Academia de las Ciencias.  Se aplaudió de la encíclica el llamado moral a toda la humanidad a impulsar modos de vida sostenibles. En términos prácticos, esto implica disminuir la generación de residuos –al evitar el empleo de plástico de un solo uso y consumir con responsabilidad; el fomento del uso del transporte público y la movilidad activa –como caminar o andar bicicleta; integrar la producción de energía limpia y renovable –como los paneles solares; añadiendo muestras de solidaridad con los más vulnerables ante esta crisis. En la emblemática Conferencia de las Partes 21 en París (COP21), la Encíclica Laudato Si’ no fue un documento negociado directamente. Sin embargo, su mensaje resonó fuertemente antes y durante las conversaciones, gracias al Movimiento Católico Mundial por el Clima y a su red de más de 200 socios católicos. La encíclica ha dado origen a redes y plataformas e iniciativas para llevar su mensaje a la praxis institucional, como el Movimiento Laudato Si’, constituido por alrededor de 1000 organizaciones en más de 150 países. A la lista se suman la Semana Laudato Si’, un espacio que une a miles de personas del mundo para reflexionar, orar y actuar por el cuidado de la Creación, o campañas como Transformar la deuda en esperanza que impulsa la condonación de deudas excesivas con las que cargan algunos países a fin de liberar recursos y destinarlos al desarrollo sostenible.  De acuerdo con la Alianza Europea Laudato Si’, el 95 % de las organizaciones católicas europeas han iniciado cambios institucionales inspirados en la encíclica. En México, también se ha impulsado la divulgación científica y cultural sobre la protección de la casa común. Es el caso de la Red Laudato Si’, conformada por la Arquidiócesis Primada de México, IMDOSOC e ICM.  Asimismo, en los espacios universitarios se han estructurado planes de acción de siete años para incorporar los siete objetivos de la encíclica —la justicia ecológica, el acceso equitativo al agua, la economía circular y la espiritualidad ambiental— un compromiso sistémico con la agenda ambiental.  El Acuerdo de París y la Encíclica Laudato Si’ ubicaron en el centro la urgencia de enfrentar las crisis climática, social y ecológica complementariamente –uno como acuerdo vinculante entre Estados con compromisos diferenciados y el otro como llamado moral a una conversión ecológica integral, que ha hecho eco en los espacios de discusión climática. Gracias a estos esfuerzos, hoy existe una visión común que da esperanza y guía colaborativa a la acción climática global.  Facebook Twitter LinkedIn Noticias recientes Esperanza y colaboración para la acción climática Leer más La sociedad civil: columna vertebral del multilateralismo transformador Leer más Rumbo al 2030 la biodiversidad pasa, dejemos que siga pasando Leer más

La sociedad civil: columna vertebral del multilateralismo transformador

La sociedad civil: columna vertebral del multilateralismo transformador Mariana Gutiérrez Grados Gerente de Diplomacia y Transparencia Climática en Iniciativa Climática de México Mucho antes de que el Acuerdo de París fuera firmado en 2015, las organizaciones de sociedad civil ya estaban al frente de la defensa climática. En cada conferencia, cada espacio técnico y cada proceso nacional, la sociedad civil ha sido la primera en aplaudir los esfuerzos positivos de los países y, en otras ocasiones, testigo incómodo, voz crítica y motor de cambio. Nuestro papel ha sido constante: exigir mayor ambición, promover transparencia, visibilizar injusticias socioambientales y empujar hacia soluciones justas y alineadas a la altura que exige la crisis climática. No llegamos tarde a la conversación climática; llevamos décadas sosteniéndola. A diez años de la firma del Acuerdo de París, la Conferencia de las Partes, COP30, a celebrarse en Belém, Brasil, representa mucho más que una nueva cumbre climática. Es una oportunidad histórica para que América Latina y el Caribe se posicionen como protagonistas de la implementación climática global. En el corazón del “sur global”, Belém reunirá a líderes, negociadores, científicos y activistas en una conversación que ya no puede aplazarse: cómo responder de forma justa, efectiva y urgente a la crisis climática. El contexto internacional no es sencillo. Crecen los discursos autoritarios, se debilita la solidaridad entre naciones, y resurgen agendas anti-climáticas que ponen en riesgo los avances alcanzados. Incluso los espacios multilaterales enfrentan cuestionamientos por su falta de transparencia y por posibles conflictos de interés que favorecen a actores contaminantes.  Por ejemplo, las Reuniones de Junio sobre Cambio Climático (SB62), celebradas en Bonn, Alemania, fueron una muestra clara de este desgaste. Cada medio año, estos encuentros se llevan a cabo con el fin de facilitar el terreno técnico y político para las negociaciones de la COP. Los participantes ofrecen información científica, tecnológica y de metodología fundamentales para orientar la toma de decisiones. Sin embargo, este año las sesiones comenzaron tarde por la falta de acuerdo sobre una agenda común, reflejando la fractura del diálogo y la creciente desconfianza en los procesos diplomáticos. Pero justo en ese terreno movedizo, las organizaciones de sociedad civil se mantienen firmes. Y en Bonn lo demostramos. Desde nuestras trincheras, las organizaciones no gubernamentales analizamos el desempeño de nuestros gobiernos con mirada crítica, pero constructiva. Generamos propuestas técnicas, alternativas legislativas, diagnósticos financieros y marcos de acción que enriquecen las políticas públicas y fortalecen su legitimidad. Socializamos conocimientos, ampliamos el debate, y visibilizamos las soluciones más eficaces para los grupos y comunidades históricamente ignoradas. Además, contribuimos a restaurar algo que no puede medirse en toneladas de CO₂ ni en hojas de cálculo: la confianza. La confianza de que aún es posible construir acuerdos colectivos, de que la acción climática puede ser justa, transparente y participativa, y de que las decisiones globales deben responder a las realidades locales. En Bonn, mientras algunos actores paralizaban los procesos, la sociedad civil tejía diálogos, impulsaba encuentros, y buscaba caminos alternativos para avanzar. No fue un papel de observadores; fue uno de liderazgo activo. Rumbo a Belém, este es el llamado: reconocer a la sociedad civil no como invitada en la implementación climática, sino como columna vertebral del multilateralismo transformador. En América Latina y el Caribe, hay una fuerza colectiva que articula justicia social, sabiduría territorial y resiliencia frente al cambio climático. Esa fuerza merece ser escuchada, apoyada y posicionada en el centro de las soluciones. La COP30 es nuestra oportunidad de demostrar que la implementación no es una tarea técnica limitada a cifras y cronogramas, sino un proceso profundamente humano, donde la acción climática cobra sentido cuando responde a las voces que no han sido escuchadas en la toma de decisiones. Si restaurar la confianza es el primer paso para avanzar, entonces que el protagonismo de la sociedad civil sea el puente entre lo posible y lo urgente.   Facebook Twitter LinkedIn Noticias recientes Rumbo al 2030 la biodiversidad pasa, dejemos que siga pasando Leer más

Rumbo al 2030 la biodiversidad pasa, dejemos que siga pasando

Rumbo al 2030 la biodiversidad pasa, dejemos que siga pasando Por José Morales, gerente de cambio climático y biodiversidad en Iniciativa Climática de México ¿En qué lugar el maíz no sólo alimenta, también une, celebra y cuenta historias? ¿En dónde una flor es altar y medicina? En México esa síntesis sucede con una raíz en común: la biodiversidad. Esta palabra fue creada en la década de 1980 para referir vida, para decir variedad. No fue una única voz la que sugirió el término, sino varias. Es resultado de una creación colectiva de científicos que buscaban sintetizar las múltiples formas de vida.  Esas voces encontraron una palabra para hablar de la variedad de plantas, hongos y animales. Todo lo que respira, crece y se transforma. Biodiversidad. Necesitaban una palabra que explicara cómo pasa la vida. Porque gracias a esta variedad pasan cosas en el mundo, pasan en México: Pasan más de 60 razas de maíces nativos. Pasan el mole poblano, mole verde, mole negro, mole amarillo y otros más. Pasan los saberes vivos de remedios, alimentos y rituales. Pasan los manglares que protegen y crían. Pasa el cenzontle que canta. Todo pasa, pero nada garantiza que pase mañana. La vida se encuentra amenazada, por una deforestación que avanza en selvas y bosques. Amenazada por la contaminación de nuestra tierra y agua, por el tráfico de especies que llega a las casas y cruza océanos, por el cambio climático que transforma la vida.  En el 2030, los países, incluyendo México, presentarán los avances de un gran número de compromisos globales: el Acuerdo de París, el Marco Mundial de Biodiversidad o los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Estos acuerdos han ganado espacio en nuestras conversaciones, ya no es raro escuchar de la crisis climática, y las naciones han empezado a actuar para atender estos compromisos. Sin embargo, sólo conservando la biodiversidad existe la posibilidad de alcanzarlos, es la pieza en común, la pieza única. Pensemos en las hormigas: se calcula que existen cerca de 12,500 especies en el mundo. Su variedad va de la mano de los espacios que habitan. Sin esa variedad todos perdemos. Ellas ayudan en la dispersión de semillas, controlan plagas, o ayudan a la fertilización de los suelos. El cambio climático, les afecta y con ello se  trastoca la red de vida. La biodiversidad que hace posible que pasen cosas.  La biodiversidad no es sólo cosa de expertos.  En México, por ejemplo, es asunto de personas que comen, beben, disfrutan y sueñan un futuro con la vida. En el marco del Día Mundial de la Diversidad Biológica, celebrado cada 22 de mayo, vale la pena mirar un poco a nuestro entorno para entender por qué estas crisis, profundamente conectadas, amenazan nuestra vida. Si la temperatura sube más de 2 °C, un tercio de las especies que habitan el planeta podrían desaparecer. Si las perdemos, perderemos sabores, fiestas, historias, nuestro pasado común, y un futuro posible. Frente a esto, la conservación de la biodiversidad no es tarea secundaria, es el centro de las soluciones: climáticas, sociales, económicas, es construir el futuro desde lo que hace único a México. El 2030 no es una fecha lejana, sino cada vez más cercana; es además, una meta compartida, una meta desde la cual vivir. Y soñar: haciendo que las cosas que sólo pasan en México, puedan seguir pasando. Este articulo es la columna de Jóse Morales escrita en: https://greentology.life/2025/06/05/greentology-edicion-no-38-junio-2025/ Facebook Twitter LinkedIn Noticias recientes Rumbo al 2030 la biodiversidad pasa, dejemos que siga pasando Leer más Día Mundial del Medio Ambiente: Unión Europea y México, juntos frente a la crisis climática y la contaminación plástica Leer más México puede liderar con ambición climática, justicia social y participación efectiva en la COP30 Leer más